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5 oct. 2012

¿Son los cadáveres causa de epidemias?

La idea de que los cadáveres causan epidemias en zonas afectadas por desastres naturales está bastante extendida entre la población y puede llevar a que los asistentes se apresuren a enterrar a los fallecidos, descuidando acciones más importantes, como el auxilio de los supervivientes. Este mito tan asumido, incluso entre muchos médicos, debió nacer a raíz de las epidemias de Peste Negra que asolaron Europa siglos atrás. Históricamente, las epidemias que causan un número alto de víctimas sólo han ocurrido a causa de algunas enfermedades como la peste, el cólera, la fiebre tifoidea, la tuberculosis y la viruela, haciendo necesario deshacerse rápidamente de los fallecidos. Sin embargo, es poco probable que estas infecciones estén presentes entre las víctimas de desastres naturales.

En el inicio de una catástrofe, las principales causas de muerte son traumatismos, ahogamientos o incendios, de modo que hablamos de personas que, antes de morir, no tenían porqué estar infectadas de enfermedades frecuentes en zonas damnificadas. O si lo estaban, la probabilidad era igual de alta que entre los supervivientes; de manera que el riesgo de contagio es mayor entre los vivos. Pensemos que los cadáveres pierden su temperatura interna a gran velocidad (aproximadamente a razón de un 0'75ºC por hora), por lo que las bacterias mueren rápidamente, haciendo muy difícil su paso a vectores y de los vectores a la población general. Respecto a las enfermedades víricas, como hepatitis o VIH, solo representan un riesgo si se entra contacto con los fluidos de los muertos en los primeros días, ya que estos virus no duran más de dos días en un cadáver (mientras que el VIH puede sobrevivir hasta 16 días y a temperaturas de hasta 2ºC).

Pero hay un grupo de infecciones que merecen especial atención en este tipo de situaciones: las enterobacterias, formada por parte de la flora del intestino, como E. coli, Salmonella o Yersinia, así como Vibrio cholerae, que son bacterias bastante resistentes y pueden sobrevivir durante semanas en un cuerpo sin vida. Si bien es cierto que hay un leve riesgo de contaminación de las aguas por la materia fecal de los cadáveres, este riesgo se limita en gran manera con la recogida de los cadáveres de las zonas fluviales. Las razones de la frecuencia de este tipo de epidemias después de una catástrofe se explica básicamente por la falta de medidas sanitarias, la destrucción de los sistemas de agua potable y el hacinamiento de los damnificados, con mucho más peso que la presencia de muertos en la zona.

Según las investigaciones del Water, Engineering and Development Centre (WEDC) de Reino Unido, la relación entre cadáveres y epidemias nunca se ha demostrado científicamente, ya que es muy difícil que las aguas se contaminen debido a cadáveres no enterrados y, para más inri, algunos métodos de entierro causan más daños que los propios cuerpos, como la incineración masiva, que produce grandes cantidades de humo y contaminación atmosférica.

No diremos que no es importante enterrar a los difuntos, primero por respeto hacia ellos y sus familias, así como para evitar escenas que pueden resultar muy angustiosas para los habitantes. Por estos motivos, lo recomendable es recoger los cuerpos en zonas habilitadas para su posterior identificación, puesto que un entierro precipitado, como en las fosas comunes o las incineraciones masivas, convierte a esos fallecidos en "desaparecidos", con los problemas legales que eso conlleva.


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